Agnieszka Kwiatek 

Universidad Adam Mickiewicz

 

 

 

Los topónimos españoles

 

 

 

         La inmortalidad es algo con lo que la humanidad sueña desde siempre y hace todo lo posible para, al menos, permanecer en la memoria de las generaciones siguientes. Para ello, se sirve del papel, de la tela o de la piedra, entre otros. Pero hay algo más duradero que todo ello, incluso que la memoria humana misma. Es el nombre de una cosa. El nombre, que de generación en generación vive en sus hablantes, preservando del olvido ese mágico instante en el que la cosa adquirió su verdadero ser. Dentro de la palabra, el topónimo ocupa un lugar especial que viene elaborado por generaciones. De su estudio se ocupa la toponimia, una rama de la lexicología abordable desde un punto de vista semejante al de la arqueología. El presente artículo tiene como objetivo señalar de qué se ocupa la toponimia, de dónde viene y cuáles son los tipos de topónimos. Hablaremos también de la persona que se ocupa de su estudio, del toponimista, y de cómo procede en su investigación. Además, marcaremos las huellas dejadas por el pasado en esta rama de la lexicología. Mencionaremos también la ‘enemiga’ de la toponimia, que es la toponimia popular. Nos ocuparemos también de las lenguas que han tenido influencia en la creación de los topónimos españoles. Hablaremos, además, de los factores que han determinado su nacimiento, presentando ejemplos.

         Según  el diccionario Clave, etimología es el ‘origen de las palabras y motivo de su existencia, de su significado y de su forma’; es también, según la misma obra, la ‘parte de la lingüística que estudia estos aspectos de las palabras’ (Almarza Acedo & Álvarez Rubio, 2002). La palabra etimología viene del latín etymologia y ésta del griego τυμολογία, un compuesto de τυμος, étymos (‘verdadero’). La etimología como tal se ocupa del origen de las palabras, pero éstas, agrupadas según una lógica, hacen nacer nuevas ramas de esta ciencia y, así, la que se ocupa del nombre de lugar es la toponimia, de la que nos vamos a ocupar en este trabajo. Toponimia es un nombre de origen griego, de las voces topos (‘lugar’) y onoma (‘nombre’). Es palabra reciente en castellano, acaso no anterior al siglo XX. Su estudio es parte de la onomatología, o estudio de los nombres propios, y es una disciplina rigurosa que tiene que ver no sólo ya con la Historia, sino también con la evolución lingüística (Celdrán Gomariz, 2002: 13). El estudio de los topónimos incluye tanto los nombres de lugares pequeños (calles, casas, establecimientos, campos, etc.) como los de accidentes geográficos (ríos, mares, montañas, etc.), aunque los estudios han privilegiado siempre a las ciudades (Crystal, 1994: 114). Es de estos dos últimos grupos de los que nos vamos a ocupar en este trabajo.

La investigación toponímica tiene por objeto descubrir la significación original de un nombre o poner en claro el proceso de su génesis y nacimiento. Además, los topónimos nos permiten formular hipótesis sobre la colonización y poblamiento del país y sobre otros acontecimientos de carácter histórico, sobre las actividades, mentalidad y costumbres de los habitantes, también sobre su lengua en el momento en que el lugar, el río, el cerro o el caserío, fueron señalados con su nombre (Alvar, M. et al., 1960: 447). El toponimista avanza con cautela buscando el mayor número de fuentes escritas que le sea posible (archivos, mapas o los planos catastrales de todas las épocas, pues es muy importante apoyarse en las formas antiguas, especialmente las medievales). No sólo debe saber guardarse de las etimologías populares o ‘latinas’, sino desconfiar de las relaciones pseudo-eruditas forjadas por determinados intelectuales, y ser capaz de superar las grafías erróneas. Es muy importante saber recoger sobre el terreno la información de los naturales del país, sin otorgarles, sin embargo, un valor supremo. Deberá dirigirse especialmente a ‘los viejos del lugar’, que a veces son los últimos usuarios de un dialecto amenazado, y tomar buena nota de sus pronunciaciones, que pueden estar en estado más puro que las adaptaciones de la toponimia local a la lengua corriente y estandarizada. Y, desde luego, deberá observar y anotar muy atentamente las características del paisaje, sin olvidar documentarse sobre su historia: muchos episodios cobran su explicación a través de ella (Albaigès, 1998: 13).

         A veces, la toponimia perdura más que la lengua que se habla en un lugar. Desde tiempos muy antiguos siguen perviviendo topónimos cuya duración es mayor que la de las lenguas en que fueron creados; esta perdurabilidad, incluso cuando la lengua utilizada ha desaparecido ya hace siglos, hace que los topónimos se vuelvan opacos y que su interpretación sea difícil (Celdrán Gomariz, 2002: 15). Abundan los topónimos que se autoexplican, llamados hagiotóponimos. De hecho, esa autoexplicación fue siempre connatural al nombre del lugar: el topónimo plasma la evidencia en una palabra. Así, por ejemplo, una nava está siempre entre dos elevaciones del terreno. Las circunstancias de naturaleza topográfica son muy numerosas: valles, montes, cabezos, ríos o páramos originan un porcentaje altísimo de topónimos de lugares, aldeas y villas; también el tratamiento político de los lugares conquistados, que toman el nombre de sus repobladores o del tratamiento y privilegios concedidos para hacer apetecible la instalación en ellos.

Hay asimismo una serie de topónimos inexplicados e inexplicables, procedentes de la Antigüedad: prerromanos, de fondo ibérico o céltico, de raíz indoeuropea e incluso preindoeuropea. Se trata de restos de toponimia anterior al 218 a.C., en que Roma inició la colonización del Occidente europeo (Celdrán Gomariz, 2002: 16). Hay además muchos topónimos descriptivos cuyo ejemplo puede ser la villa pacense de Villalba de los Barros: del latín alba (‘blanca’), predicado de villa: ‘quinta ubicada en la Tierra de Barros’ (Celdrán Gomariz, 2002: 10). Otro fenómeno muy interesante es el  tautopónimo. Decir ‘desierto de Sahara’ es una repetición, pues Sahara significa precisamente ‘desierto’. Este fenómeno es frecuente cuando, aplicado sin mayores calificativos por sus iniciales usuarios, para los que su significado era meridiano, pasa a otros que conocen otros desiertos pero no la lengua de sus antecesores, y así acaban hablando del ‘desierto del Sahara’ (desierto del desierto), como del ‘Valle de Arán’ (valle del valle) o del ‘puente de Alcántara’ (puente del puente), entre otros muchos términos (Celdrán Gomariz, 2002: 10).

         El latín es el ‘padre’ del español (y por definición, de todas las lenguas románicas). Empezó a usarse en Hispania como resultado de la gradual incorporación al Imperio Romano de ésta y de los distintos pueblos prerromanos. La romanización comenzó en el 218 a.C. El uso del latín no fue impuesto, ya que las poblaciones locales lo aprendieron por convivencia y por el prestigio del idioma: de los colonos romanos, administradores, soldados o comerciantes. El proceso fue más rápido en algunas zonas (sur y este) y más lento en otras (centro, oeste y norte), no llegándose a completar en un área, el País Vasco (Crystal, 1994: 1-6). Desde el siglo V hasta principios del siglo VIII, la mayor parte de la Península se encontraba bajo el dominio de la monarquía visigoda. Los visigodos estaban ya parcialmente romanizados antes de entrar en la Península, y es muy probable que hubiera desde el principio una situación de bilingüismo entre el latín y su lengua nativa, que era el germánico oriental. Ésta no alcanzó allí estatus de código escrito, por lo que el latín siguió siendo la lengua de cultura y de la administración durante el período visigótico: la influencia que ejercieron sobre el latín de Hispania fue, por tanto, pequeña (Crystal, 1994: 11-12).

 

         La invasión del 711 tuvo enormes consecuencias lingüísticas, pues no sólo provocó el contacto del latín hispánico y sus descendientes con el idioma de otra cultura, sino que creó las condiciones para la aparición de un número importante de préstamos léxicos y semánticos procedentes del árabe. Entre el 711 y el 718 establecieron su control sobre aproximadamente las tres cuartas partes del territorio, pero permitieron la supervivencia de núcleos cristianos en el extremo norte y noreste. Éstas eran las áreas que habían permanecido más alejadas de las influencias estandarizantes durante el período romano, y de los procesos de uniformización lingüística durante el dominio visigótico; era ahí, por tanto, donde la lengua se encontraba más distanciada          de la “norma” hispanorromance del siglo VII (Crystal, 1994: 13-14). Por la larga y extensa persistencia árabe tras la invasión musulmana, la toponimia árabe es la más numerosa, tras la latina. En toda la Península abundan los topónimos árabes; igualmente numerosos son los casos de mezcla de voces procedentes de esta lengua, como el artículo –al agregado a términos románicos: Al-monaster, Al-monte o Al-portel; o de antropónimos árabes adjuntos a voces latinas: Castiel-fabib o Castillo de Habib (Celdrán Gomariz, 2002: 15).

         Fueron igualmente importantes las consecuencias lingüísticas de la Reconquista cristiana de la Península. Las modalidades hispanorromances de habla, que eran hasta entonces marginales, (tanto en términos geográficos como lingüísticos) se extienden hacia el sur. La marcha se detuvo temporalmente por las invasiones almorávides y almohades en Al-Andalus. Sin embargo, a finales del siglo XI y durante el siglo XII, prosiguió el avance del castellano hasta el año 1492, en que los Reyes Católicos, Isabel y Fernando, conquistaron Granada. De este modo, Castilla llegó a dominar, en el transcurso de seis siglos, un territorio que se extendía desde la costa cántabra hasta el Mediterráneo y el Atlántico. Fuera de la esfera de influencia del castellano se encontraba la mayor parte de Galicia y de las áreas catalanohablantes (Crystal, 1994: 14-15). Hay que mencionar un fenómeno tardío en la incorporación de nuevos topónimos: la conquista del archipiélago canario en el siglo XV, que supuso la agregación de topónimos guanches, únicos vestigios de una lengua cuyo final se resolvió muy rápidamente.

         Seguramente muchos de nosotros nos hemos preguntado en varias situaciones por el significado de algún topónimo. Lo primero que surge a la mente es lo que ya los naturales del lugar habrán hecho, la llamada etimología popular. Los habitantes de un paraje o los turistas, dotados de una natural curiosidad, intentan conjeturar el origen del vocablo, y para ello recurren a parecidos, analogías e incluso anécdotas que aparecen y se tejen con gran facilidad, llenando los huecos de una tupida malla que acaba siendo una magnífica historia (Crystal, 1994: 13). Ahora escribiremos sobre  lo que el toponimista tiene que tener en cuenta cuando estudia los topónimos: las diversas lenguas que pasaron por la Península y los distintos rasgos de los lugares cuyos nombres quiere explicar.

         En cuanto al origen lingüístico, en los topónimos españoles se dan fundamentalmente estas lenguas:

 

§  “Prerromano. Entre éstos ocupan lugar especial los ibéricos, aunque no es siempre fácil encasillarlos como tales, vista la variedad de lenguas del dominio indoeuropeo que rechazan este calificativo en el sentido con lo que concebimos hoy. Salpican toda la geografía hispana. De las lenguas anteriores al latín apenas queda historia y conocimiento, y sobre ellas poco puede hacerse más que emitir hipótesis

§  Latino. Constituye la base de la toponimia, especialmente si incluimos en dichos nombres los expresados directamente en las lenguas españolas derivadas. Particularmente, son la mayoría en las Castillas, Aragón y Extremadura.

§  Germánico. Presente sobre todo a través de antropónimos, especialmente en la Catalunya Vella.

§  Árabe. Aparecen en toda la zona ocupada por la dominación sarracena, pero muy especialmente en las zonas de más marcada presencia de esta cultura, como el litoral valenciano, Andalucía y algunas zonas castellanas.

 

Dentro de estos orígenes, la evolución puede haberse realizado a través de cualquiera de las lenguas o dialectos españoles, persistentes o extinguidos. Son numerosas las palabras acotables a los dialectos leonés, bable o andaluz” (Crystal, 1994: 10-13).

 

       Los topónimos están siempre caracterizados por algún rasgo distintivo del lugar. En el caso de los de población, figuran como más frecuentes:

 

§  Accidente natural del terreno: montaña, río, cordillera, mar, llanura, valle, fuente, etc.

§  Fenómeno natural de la vegetación: bosque, matorral, arbusto, calvero, plantación, etc.

§  Antropónimo, usualmente el propietario de alguna finca.

§  Hecho histórico: batalla, reunión, campamento (Crystal, 1994: 15).

 

         Ahora haremos un pequeño elenco de topónimos que nos han resultado más interesantes o sorprendentes des del punto de vista de su procedencia. Demuestran la variedad de lenguas de las que provienen y de los motivos por los que fueron creados. Además, en el elenco se encuentran nombres de lugares bien conocidos, lo cual debería hacer la lectura más atractiva. El criterio de división de la tabla es la lengua de la que proviene el topónimo y ‘el campo’, es decir, lo que provocó que se creara el topónimo (un acontecimiento histórico o la configuración del terreno, por ejemplo). Así, ya a primera vista, el lector se puede hacer una idea acerca del topónimo antes de descubrir la explicación de su origen.

 

LENGUA

& CAMPO

TOPÓNIMO Y EXPLICACIÓN

Íbero /

configuración del terreno

PRADTIP (Tarragona, Cataluña): Pese a las teorías literarias del escritor Joan Perucho sobre su vinculación con el Dip, un vampiro, en esta localidad hay que buscar la misma raíz que en Ibi o Tibi: el ibero ib-, ‘agua’ (Ebro). Por tanto, Prat d’Ib no sería más que el ‘Prado de Ip’. (Albaigès, 1998: 488)

Celta /

configuración del terreno

ARANDA DEL DUERO (Burgos, Castilla y León): De la voz prerromana aran-ta. Otros dan al vocablo un origen celta: are-randa (‘límite o frontera’), en alusión al río llamado por los griegos Dourios o Dorios, y Durius por los romanos, acaso de la raíz celta dur (‘agua’). (Celdrán Gomariz, 2002: 98)

Vasco / configuración del terreno

BARES (Galicia): El topónimo Bar, muy frecuente en la toponimia gallega, parece un derivado del vasco ibar, ‘valle, vega’. (Albaigès, 1998: 120)

Germánico / personaje

FRANCOLÍ (río, Cataluña): Pese a que ha sido relacionado con francolis, nombre árabe de un ave de rapiña extinguida, más sencilla es la hipótesis del nombre personal germánico Frankolin, propietario de los terrenos de sus fuentes, por el que se conoció inicialmente la zona cercana, extendiéndose a todo el río. (Albaigès, 1998: 266)

Latín /

configuración del terreno

AIGUAMURCIA (Tarragona, Cataluña): La población se halla enclavada junto al río Gaià, en un llano que antiguamente debió de ser emplazamiento de charcos, de donde procede el nombre (aigua múrcia, ‘agua muerta, estancada’).  (Albaigès, 1998: 34)

Latín /

configuración del terreno

ALACANT (Valencia): Desde el siglo IV a.C. existió en las cercanías del asentamiento de la ciudad actual una colonia griega llamada Akra leuké, ‘montaña blanca’. El nombre no podía estar mejor aplicado, pues todavía hoy el promontorio alicantino destaca en el horizonte por su color claro. Posiblemente se deriva del Lucentum con que la conocieron los romanos. Durante la Reconquista, la actual provincia figuraba con el nombre de Lecant o Lacant, con que hoy es conocida en catalán. (Albaigès, 1998: 35)

Latín /

situación geográfica

ALBACETE (Castilla-La Mancha): Enclavada en la inmersa llanura manchega, refleja en su nombre su peculiar condición: del árabe al-bassit, ‘el llano’. Es fácil que esta palabra fuera de adaptación de un todavía más antiguo bassus (‘bajo’) latino, aunque no falta quien la relacione con la antigua ciudad de Alba (‘blanca’) o Alaba, citada por Luitprando. Los territorios muy llanos son apropiados para las correrías de conquistadores, y por ello es frecuente que conozcan fuertes oscilaciones en sus márgenes fronterizos, como ha sido tradicionalmente el caso de Polonia (escenario único para el blitzkrieg, habiendo sido cuatro veces borrada del mapa y otras tantas repartida, aunque con límites desplazados a veces miles de kilómetros). Un caso similar en miniatura se da en el territorio de influencia de la ciudad de Albacete, que ha conocido cambios históricos similares. La actual provincia se hallaba repartida hasta el siglo XIX en tres demarcaciones distintas: Cuenca, La Mancha (hoy Ciudad Real) y Murcia. (Albaigès, 1998: 39)

Latín /

carácter del lugar

BEMBIBRE (León, Castilla y León): El nombre procede de Bene vivere (‘vivir bien’), que alude a la belleza del lugar.  (Albaigès, 1998: 127)

Latín /

configuración del terreno

ESCUCHA (Teruel, Aragón): Derivación del verbo auscultare (‘escuchar’), en el sentido de ‘estar atento, vigilar’, aplicado a un lugar de observación y vigilancia. (Albaigès, 1998: 250)

Latín /

fauna

FUENTEOBEJUNA (Córdoba, Andalucía): La grafía Fuenteovejuna es incorrecta, pues su nombre actual alude a las ‘abejas’ (llamadas en esa zona ‘obejas’, pues las ovejas son ‘ovejitas de la lana’ o expresiones parecidas). En 1476 sus habitantes se amotinaron contra la tiranía del gobernador Fernando Gómez de Guzmán, llamado “conde de Fuenteovejuna”, le dieron muerte junto a catorce servidores que lo defendían, y arrastraron y despedazaron su cadáver, hecho que dio asunto a Lope de Vega para su célebre obra. La incorrecta grafía de la localidad, recogida por el gran comediógrafo, se ha perpetuado. [latín apis (‘abeja’), voz confundida por la voz también latina ovis (‘oveja’). La confusión reside en el hecho de llamarse en la zona ‘obeja’ a la ‘abeja’.] (Albaigès, 1998: 269)

Latín / acontecimiento histórico

TIBIDABO (monte, Barcelona): Su nombre deriva de un sueño de Don Bosco, relacionado con el episodio bíblico en el que el demonio ofrece a Jesús todo lo que se ve desde lo alto de un monte, con la promesa ‘a ti te lo daré (latín tibi dabo) si, postrado, me adoras’ (Mateo, 4, 8-10). (Albaigès, 1998: 592)

Árabe /

configuración del terreno

ALCALÁ DE HENARES (Madrid): La antigua Complutum romana guarda hoy el recuerdo de su nombre en el de sus habitantes, complutenses, como es bien sabido gracias al más ilustre de todo ellos, Miguel de Cervantes. Los árabes prefirieron denominar a la ciudad Wadi al-Qalá, es decir, simplemente, ‘castillo sobre un río’. Una variante del nombre era al-Qalá Nahar, porque el río que la baña pasó a denominarse Nahar, Nahares o Henares. (Albaigès, 1998: 45)

Árabe / arquitectura

ALCÁNTARA (Cáceres, Extremadura): El nombre de Alcántara es frecuente en todos los países con herencia de la cultural árabe, lengua en la que significa ‘el puente’ (al-qantar). En España hallamos varios municipios así denominados en las provincias de Valencia y Cáceres, aparte de diversos caseríos. En otros países se ven poblaciones de nombres similares, como Gándara, Ghandara o Kandara. (Albaigès, 1998: 48)

Guanche / significado desconocido

AGÜIMES (Las Palmas, Canarias): Significado desconocido. (Albaigès, 1998: 33)

Francés / acontecimiento histórico

CHAMBERÍ (barrio de Madrid): Así llamado porque en tiempos de la invasión napoleónica se estableció allí un regimiento de soldados franceses procedentes de la localidad de Chambéry (capital del departamento de Savoya). (Albaigès, 1998: 202)

 

         Después de haber visto la parte teórica, seguida de ejemplos concretos, podemos llegar a la conclusión que la toponimia tiene mucho que ver con la arqueología, una ciencia muy prestigiosa. La toponimia es una huella lingüística del pasado, y queda como testigo mudo en los nombres de los montes, de los valles, de los ríos, de los bosques, de los pueblos y de las ciudades. Se trata de investigar el pasado de los nombres propios, averiguar lo que provocó su nacimiento y en qué circunstancias. Es también muy interesante el marco de los pueblos que han vivido en la Península Ibérica, que han dejado su huella en la lengua y, dentro de ella, en los topónimos. Pasaron por la Península íberos, fenicios, griegos, celtas, romanos, visigodos, beréberes y árabes, sin olvidar otras aportaciones, como el guanche y el americano. Es interesante no sólo el hecho de que hayan dejado sus huellas, sino también las mezclas posteriores. Gracias a ello hoy podemos encontrar palabras que, desde su nacimiento, fueron modificadas por distintos pueblos a lo largo de siglos.

         Hemos podido ver también la diversidad de los factores que han condicionado la creación de topónimos: desde lo que está más cerca del pueblo, como el paisaje y su vegetación, hasta algún acontecimiento histórico importante para la localidad, pasando por algún personaje importante. Teniendo en cuenta todas las conclusiones, podemos constatar que la toponimia es materia de interés para el historiador, para el lingüista, para el etnólogo y para el geógrafo, lo cual hace de ella una ciencia muy interesante que tiene aún mucho por descubrir.

 

 

 

Bibliografía

Albaigès, J. M. (1998). Enciclopedia de los topónimos españoles. Barcelona: Planeta.

Almarza Acedo, N. & M. L. Álvarez Rubio (2002). Diccionario del español actual CLAVE. Madrid: Ediciones SM.

Alvar, M. et al. (1960). Enciclopedia Lingüística Hispánica, I: Antecedentes Onomástica. Madrid: Consejo Superior de Investigaciones Científicas.

Celdrán Gomariz, P. (2002). Diccionario de topónimos españoles y sus gentilicios. Madrid: Espasa Calpe.

Crystal, D. (1994). Enciclopedia de la Universidad de Cambridge. Madrid: Taurus.

 

 

 

Resumen

Detrás de cada palabra hay una historia que explica el porqué de su nacimiento. En el caso de los nombres propios de lugar es la toponimia, que se ocupa de explicar el significado, el motivo de su creación e indicar cuándo esto sucedió. La Península Ibérica es un caso particularmente interesente para los toponimistas, ya que pasaron por ella muchas culturas con sus lenguas, y cada una dejó sus huellas también en los topónimos. En ellos se inscriben muchos datos históricos con los que podemos comparar la toponimia con una ciencia tan prestigiosa como la arqueología.